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El rey que nunca rompió un huevo

Hace muchos muchos años existió un rey al que nunca habían dejado romper un huevo. De pequeño lo trataron con excesiva delicadeza. Le decían — no príncipe, no os levantéis ya os servimos nosotros…

Un día el principe bajó a la cocina y vió un huevo. Nunca había visto ninguno entero y cuando fué a coger uno con sus manos, la cocinera lo apartó delicadamente y le dijo — mi príncipe, estas cosas no son para la realeza.

Así que el príncipe fué creciendo hasta que se convirtió en rey y como nunca había roto un huevo, cómo rey, rompió el reino.

El pescador

Había una vez un pescador de caña, que se consideraba un gran pescador. Vivía cerca en la orilla de un lago de aguas tranquilas y poco frecuentadas por la gente. Cada día salía con su caña a pescar y vaya si pescaba.

Un día volvía de una jornada de trabajo, con un pescado bien grande bajo el brazo, y se cruzó con un sabio monje.

Oh! que gran pescado – exclamó el monje. Debéis ser un gran pescador.
El pescador que pecaba un poco de vanidoso dijo. — Seguramente de los mejores del país…

El monje quedó tan impresionado que le invitó a que visitara su región para mostrar a la gente de su templo tal pericia, a lo que el pescador accedió gustosamente.

Al llegar al templo, este se encontraba al pie de una montaña, siguiendo un pequeño río que desembocaba en un lago grande de la región. Todos los monjes bajaron a ver las proezas del pescador, pero ese día el pescador no pesco nada. —  Debe ser que hoy tengo un mal día…

Al día siguiente, ocurrió lo mismo y no pescó nada. — Este lago está muerto, aquí no hay peces!! — Y mientras decía esto un monje apareció con un gran pez entre sus manos. Se despidió de los monjes entre medio de risas y bromas de estos y se marchó a casa. De camino, no pudo dejar de pensar en lo ocurrido.

¿Por qué no había pescado?

Seguro que era culpa de la caña. Pero esta la había revisado varias veces y parecía estar como siempre…
Aah, seguro que era por el ruido de los monjes, tanta gente allá mirando había asustado los peces. Pero otros monjes si habían pescado…

Cuando llegó a su casa, bajo otra vez al lago y allí volvió a pescar de nuevo. Aha! seguro que había sido una mala racha! Estaba seguro de ello, así que como el pescador además de un poco  vanidoso era trabajador, decidió volver a la semana siguiente a probar otra vez. Pero esta vez no dijo nada a los monjes y fue de escondidas.

De nuevo no pescó nada y decidió recoger los bártulos y volver a su casa. Pero antes de marcharse se encontró de nuevo al sabio monje que viéndole tan afectado le dijo. — No te avergüences de tu ignorancia, la vida es un camino sinuoso de ensayos y errores. — El pescador bajó la cabeza, se despidió y salió corriendo.

Esa noche las palabras del monje no dejaron de resonar en su cabeza y su vanidad luchaba ferozmente contra sus palabras. — Cómo que ignorancia? Yo que soy un experto pescador. Acaso no lo ve? mis centenares de victorias en el lago así lo acreditan...
Luchaba porqué en el fondo sabía que había algo de verdad en ellas. El pescador se durmió entre sus pensamientos y soñó.

Soñó cuando era pequeño y cogió la caña por primera vez que fue a pescar. Ese día dedicó mucho tiempo a aprender como funcionaba y su padre que estaba con él le enseñó algunos trucos. Luego con el tiempo fué perfeccionando las técnicas de su padre y finalmente diseñó sus própias que le funcionaron tanto mejor.

Al despertar, ese sueño le hizo pensar de nuevo en las palabras del sabio monje: No te averguenzes de tu ignorancia, la vida es un camino sinuoso de ensayos y errores
Quizás el problema es que he dado muchas cosas por sentadas. A lo mejor lo que me funciona en este lago no sirve en el otro.– Cogió de nuevo la caña y volvió al lago de los monjes, pero esta vez partió con una actitud diferente. No marchó como maestro, sinó como aprendiz. Y lo primero que hizo fue observar el lago.

Oooh, cuantas cosas había dado por sentadas, fíjate que aquí las aguas son de otro color. — Tocó el agua. — Está más fría. Al tocarla se dio cuenta que las corrientes eran diferentes. Y lo más importante, cuanto se había estado perdiendo por creer que ya sabía. Un mundo nuevo se abrió ante él: El que creía ser un maestro volvió a ser aprendiz y con esa actitud de humildad recuperada ese día pescó un pez. No fue el pescado más grande, pero si el más reconocido, amado y recordado por los cientos que vinieron en los siguientes años.

Así que para no olvidar tan tamaña lección que le brindó la vida, dejó gravado en el mango de su caña: No temas la ignorancia, porqué esta es la puerta para alcanzar la verdadera sabiduría.